miércoles, 30 de marzo de 2016

De los supuestos placeres culpables



No creo en los Placeres culpables. Si algo me causa placer, por qué tendría que causarme culpa (bueno, mientras no sea algo ilegal y/o inmoral; que si tuviera deseos incestuosos o pederastas, si estaría totalmente avergonzado).

No me parece. Pienso que es mas un término de lo más snob y elitista que existe: Yo, que soy una persona “culta”, “inteligente”, “vanguardista”, “conocedora, en toda la extensión de la palabra”, vamos, un “intelectual”; no puedo admitir, así como así, que me gusta escuchar a Bronco o a Los Temerarios. Pues qué pasó, eso es pa los nacos, no para mí. Si soy tan pero tan maravilloso por qué me gustaría algo tan común o corriente.

Una persona cool como yo, está totalmente en contra de la industria Disney y de todo lo yankee, de Televisa y su mafia, de la música comercial, del cine comercial; yo puro “cine de arte”. Yo soy de los que tiene Ideología propia. Ah chingá, ¿y eso con qué se come?

Entonces, no puedo decir que me reteencanta “El rey león”, y hasta me hace llorar cuando muere Mufasa; o que el día que vi, por supuesto por error, “La familia Peluche”, me pareció divertido; hasta solté dos o tres carcajadas.

Noooooo, tanto me he esforzado por demostrar que soy diferente. Que soy original. Qué va a decir la gente.

Es más sencillo decir que es un placer culpable que tengo. Algún defecto tenía que tener.
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miércoles, 23 de marzo de 2016

Sorprendiendo a la rutina.



Es algo hermoso que un niño te sonría. A veces, te toma por sorpresa pero aun así tienes la capacidad de devolverle la sonrisa, en un lindo intercambio. Otras veces no, estás tan “entimismado” que la maravilla del gesto te crea confusión y te limitas a mirarlo sin saber qué hacer, ambos dejan de compartir la mirada, su sonrisa se esfuma y tu confusión muta en arrepentimiento por no haber podido corresponder a la espontanea mueca del pequeño.

En ocasiones los niños no se limitan a sonreír y también te saludan meneando su mano, con una sonrisa todavía más grande. Cuando esto pasa –si no me han agarrado distraído– les devuelvo el saludo y la sonrisa. Muchos no esperaban que eso pasara, que un adulto de mirada triste les regrese la cortesía y se sonrojan; si se trata de dos o más se miran desconcertados, sin poder ocultar el bochorno que pasan. Eso me hace pensar que poca gente tiene ganas de devolver un saludo y una sonrisa a un niño. Cosa triste.

A veces también, parece que los padres no consideran muy correcto que un extraño, greñudo y barbón, interactúe con sus hijos. No los culpo. He hablado con Gil más de una vez sobre la maldad del mundo y que tenemos que cuidarnos las espaldas, y los frentes también.

Pero es lindo recibir la sonrisa de un desconocido en la calle, más si se trata de un niño con los rasgos aún sin malicia.

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jueves, 17 de marzo de 2016

Asuntos de memoria...



Al parecer tengo buena memoria. Me ha sido elogiada por algunas personas y al conocer el temperamento que poseo he visto que es una característica propia de este. Una buena memoria de medio pelo, nada extraordinario ni “elefantístico”. A veces me juega bromas, y eso que me parece tan claro y que podría jurar que es, no era lo que recuerdo.

Me gusta armar rompecabezas, me gusta hacer sudokus, me gusta resolver sopas de letras, me gusta jugar juegos de mesa, me gusta leer. Y se supone que estas actividades estimulan la memoria y el buen funcionamiento de las neuronas. No las hago por ello, sino porque me resultan infinitamente placenteras. Perder el tiempo dicen algunos. Cada uno lo gasta como quiere.

Por estas razones es que vanidosamente me sentía invulnerable a males como el Alzheimer. Me causa placer poner a jugar a mis neuronas, así que, cómo podría sufrir de algo así.

Vi el año pasado, mas o menos por estas fechas, “Siempre Alice” (Still Alice) –y paradójicamente había olvidado escribir al respecto– y quedé profundamente impresionado. Es una de esas historias que te tocan, te prenden con una estocada fulminante al estómago y te devuelven al presente con desazón, en un estado de angustia y desesperanza. Te sientes triste por lo que viste aunque se trate de una ficción.

El Alzheimer puede burlar incluso mentes brillantes e inquietas. Puede también presentarse antes de lo que debería. Jodido asunto.

El final de la película es brutal, pero es muy buena. Aunque no debo contarlo.


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martes, 15 de marzo de 2016

Hurgando en los recuerdos


Intento recordar cierta historia de mi pasado y me cuesta trabajo. Es ciertamente una anécdota dolorosa, me dolió en su momento y me duele ahora a tantos años de distancia. Sé lo que pasó, aunque no sé por qué, no lo recuerdo. Construyo mis hipótesis basado en mi precaria objetividad, como todos, como a los que nos han herido el alma más de una vez. Recuerdo eso que pasó pero no puedo evocar la historia completa, no consigo armar en mi cabeza cómo se sucedieron los acontecimientos. No sé si es el tiempo que todo cura o todo oculta, pero hay un filtro que no me deja ver qué cosas pasaron hace tantos años. Quizá es una especie de armadura que repele el dolor la que para protegerme ha esparcido tierra sobre mis recuerdos, ahora borrosos. Y es chistoso y contradictorio, porque se supone que soy una persona con buena memoria. Pero las cosas, a pesar de no quererlo, se van olvidando, y como ya he escrito alguna vez, no sé por qué recordamos ciertas cosas y otras se pierden en nuestra cabeza, o si será que el alcohol realmente va matando las neuronas y demeritando los recuerdos, hasta borrarlos. O es solamente el implacable tiempo.

No lo sé. Pero el dolor sí ha quedado.


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viernes, 11 de marzo de 2016

en una vieja libreta...


Esta imagen muestra lo primero que escribí (en mi vieja –no tanto– libreta de Cálculo diferencial). Hablando, claro, del hecho de ponerse a escribir sobre algo para plasmar lo que uno quiere decir. Ya había publicado una especie de resumen deportivo para una revistita que editaba un compañero de la preparatoria (Slash). Así que estas líneas y una página más, anterior a las que muestra la fotografía, fueron lo primero que me puse a escribir en algún lado.

Tenía la idea de que por ahí debía estar, medio perdida, la libreta donde me puse a redactar mis pensamientos un día del verano de 1998, cuando terminé la preparatoria. No recuerdo el porqué del asunto, pero un buen día pasó.

Hablo ahí sobre relaciones con las personas, personales e impersonales; protocolos, hipocresía, mi timidez. Fue bueno leer esos viejos escritos, creí que iban a ser peor de lo que leí.

En los costados de las hojas hay dibujos como en casi todas mis libretas de apuntes. Desde rayas y círculos, líneas y más líneas, no sé si por mis obsesivocompulsiones, hasta dibujos bastante elaborados.

Tecleando esto, me ha llegado el recuerdo de un pequeño verso que escribí para la clase de Taller de lectura y redacción II, que al profesor le gustó muchísimo y me hizo releer como 6 o 7 veces, pese a lo incómodo que me sentí tras varias lecturas, ya que para mí no representaba algo tan maravilloso como para él. Creo que nos había pedido que escribiéramos unos versos o un poema o algo. El verso decía: “Cuando estoy triste y no sé qué hacer, tan sólo con verte vuelvo a nacer”. Nada del otro mundo.

Y bueno, esta sería la evidencia de las primeras letras del Gilo. 




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lunes, 7 de marzo de 2016

¿Solas?



Recuerdo que cuando mi hermana y yo estudiábamos la universidad, ella hacía bastantes corajes respecto a lo prohibitivo que era mi padre con sus salidas y lo benévolo que era conmigo, a pesar de que ella es mayor. A ella le pedía que llegara a la casa a cierta hora (quizá 1 o 2 de la mañana, no lo recuerdo), para mí no había restricción; si regresaba al otro día a las 7 am, sólo me preguntaba, sin asomo de preocupación, si había estado buena la fiesta, quizá imaginando que pude haber tenido sexo y por tanto sintiéndose orgulloso de su vástago.

“Pero por qué a él no le dices nada si llega mucho más tarde que yo”. Mi padre sólo guardaba silencio, algo que hace bien, sepultando su reclamo. No tenía las agallas para decirle que le preocupaba enormemente que ella pudiera sufrir algún tipo de agresión sexual en la clandestinidad de la noche. O que imaginarla teniendo sexo casual (o no) era para él una idea demasiado dolorosa.

Vivimos en una sociedad machista. Fuimos educados dentro de un contexto igual. En el que la honra de una hija debe ser protegida contra todos pero las hazañas sexuales de los hijos debe ser promovidas e incluso exageradas, siempre más es mejor en estos casos.


A fines de febrero (28) fueron encontrados en Montañita, en la costa de Ecuador, los cuerpos de dos turistas argentinas de 21 y 22 años. Al estupor por la muerte de las dos chicas se sumó el coraje y la incomprensión cuando los medios cuestionaron el hecho de que las chicas viajaran “solas”.

Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Sin embargo, estaban “solas”.
¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó.

Como si el hecho de que una mujer viaje con un hombre garantizara su seguridad, como si al ver un hombre los agresores perdieran sus intenciones de abuso.

La noticia le daría la razón a mi padre. “Hija, te procuro por tu bien”. “Una mujer no debe andar sola porque se expone”.

Eso es lo jodido del caso. Que en realidad una mujer no pueda andar libre por donde quiera. Que el precio por su libertad sea exponerse a que alguien no respete su integridad o su vida. De no poder vivir sin tener presente que a alguien se le puede ocurrir joderle la vida.




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jueves, 3 de marzo de 2016

Una relación moderna.



Nos sentimos muy modernos. Creímos que estábamos por encima de los demás y que podríamos manejar esta situación. No sé si tú lo habrás podido hacer, es evidente que yo no pude.

¡Vamos a tener una relación de sexo sin compromiso! Sólo sexo, sólo coger, sin involucrar sentimientos ni otro tipo de pendejadas. Sexo libre entre dos personas dispuestas a disfrutar y olvidar sus prejuicios. Pero los prejuicios no se van, siempre queda un algo de aquello que sembraron en nosotros cuando éramos pequeños.

Dijo la señora del periódico, “la sexóloga”: lo importante al tener sexo consensuado es la comunicación y la protección, hablar sobre lo que los dos quieren y sobre lo que esperan, hablar sobre como cuidarse, no sólo en lo que respecta al uso de preservativos. Hablar para dejar todo claro, saber que los dos queremos lo mismo.

Sí hablamos, hablamos bastante. Incluso fui muy elocuente en cuanto a la conveniencia de jamás enamorarnos, ese no era el plan. Era perfecto. Estábamos de acuerdo en todos los pormenores. Aprovecharíamos la hora y media en que en mi casa no hay nadie. Todo estaba dispuesto.

El problema fue que no fui sincero. Yo sí estaba enamorado de ella, desde hace algunos años de hecho. Me sentí tan afortunado de que llegara a pasar esto entre nosotros que fue demasiado sencillo decir sí a todo lo que ella proponía, acceder a todas sus reglas y especificaciones. Decirle que pensaba igual. “Hay, qué coincidencia”.

Para ella sí fue sólo sexo. Yo en cambio, esperaba que termináramos siendo una pareja “con todas las de la ley”. Yo la veía como mi todo, ella a mí sólo como su compañero de cama, alguien totalmente prescindible. Yo esperaba que el sexo mutara en noviazgo, ella no.

Pero creo que igual me hubiera acabado enamorando de ella, es genial la hija de la chingada. Es una tipa fantástica. Yo sólo soy yo, un mentiroso que la quiso engatusar, alguien que creyó tener más suerte de la que tuvo ese milagroso día de la increíble proposición.

Y aquí estoy junto a ella después de haber cogido. Pero no estoy contento. Me ha preguntado que qué tengo y le he respondido que nada. 


¿por qué ahora que el sexo se volvió algo tan fácil, el amor se volvió tan complicado?"
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martes, 1 de marzo de 2016

Una de "tocs"


Generalmente mis manías conviven en armonía. Se sobrevienen una tras otra sin estorbarse, dejándome llevar una existencia lo más apacible que se puede, claro, si hablamos de alguien con trastorno obsesivo compulsivo; no muy grave, según mis propias apreciaciones.

Pero a veces, mientras como, parece que tuvieran una competencia por acaparar mi atención. Habitualmente, esta aglomeración de manías ocurre si como arroz, porque aparece la que no me permite tener los arroces desperdigados por el plato a su libre disposición, y me dispongo a juntarlos en el centro tras cada bocado; la codea impulsiva la manía que me obliga a alinear mis cubiertos y mi vaso con agua con las líneas del mantel. El desastre llega si en mis labios se han formado pellejitos, que me tienen ocupado tratando de quitarlos sin que mis labios se lastimen; a veces mis dientes no son lo suficientemente diestros en la labor y debo ayudarme con uno o varios dedos de una mano.

Y en medio de esta disputa voy tragando mis bocados. Cuando se puede, claro está.


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