jueves, 29 de septiembre de 2016

una fiel compañera II


Cuando estaba en el último año del kínder y era el alumno consentido de mi profesora la seño Pili (además de ser un adorable y aplicado niño, ella había sido mi maestra en el primer año), quien para que quedara yo al frente de la fila nos formaba del más alto al más pequeño; tuve el primer indicio de que tenía un problema de dislexia, claro que no de esta forma, por su nombre, de eso fui consciente muchos años más tarde.

Ahí aprendí a escribir mi nombre. Pero la mayoría de las veces, escribía una e en vez de una g, escribiendo eildardo. Debo aclarar que esta primera e era una e grande, que en mi defensa, guarda una similitud con una G, sólo que al revés.

Luego, en primero de primaria tuve algunas cruces en un examen de matemáticas por colocar el 3 al revés, pero al principio no entendía el porqué, yo lo veía bien. Y en segundo año, escribí un resultado inverosímil en un ejercicio de recta numérica al invertir el orden de un número con dos cifras. De hecho, cuando me regresaron mi examen no daba crédito a la respuesta que anoté, no tenía ninguna lógica.

Pero en mi casa nadie habló de que tuviera un problema de dislexia o de alguna cosa parecida (o lo hablarían a escondidas, quién sabe). Sólo era algo gracioso que escribiera que me llamaba eildardo. De los errores en matemáticas no recuerdo si acaso se habrán enterado.

Y así, a mi distraída lectura debo sumar el disparatado sinsentido que a veces mi mente crea, y al regresar a esas letras ver divertido la realidad de lo que en mi mente formé. Es gracioso.