martes, 17 de mayo de 2016

De ojos tristes




“Las personas tenemos luz en los ojos, una luz que viene desde el alma. Y no es que los ojos están tristes... sino que se apagó el brillo en la mirada”.
Eva Lucía Armas


Desde hace muchos años sé que tengo los ojos tristes (aunque alguna vez leí que los ojos son iguales en todos, redondos; lo que los adorna o ensucia es lo que los rodea: cejas, pestañas, profundidad). Me lo han dicho, aunque también me los he mirado. Y a veces no sé si en verdad sean mis ojos o sólo es mi entrecejo fruncido el que se empeña en hacerme lucir malencarado.

“Es que siempre estás enojado”. Cuántas veces he escuchado esa puta frasecita. El problema más grande –para mí– es cuando la escucho de mi madre, porque pienso: y esta mujer que me ha parido, no me ha visto la jeta lo suficiente para saber a estas alturas que casi siempre estoy frunciendo el ceño.

Hace poco veía South Park, serie que me encanta ver, el capítulo en que Cartman convence a Kenny para que ponga el culo en vez de la cara para la foto escolar. Butters está advertido por sus padres para que no vaya a poner cara de imbécil o le irá mal. 

Al tomarle la foto, a pesar de todo su empeño por no salir con cara de imbécil en la foto, sale con ella, en opinión de la maestra y sus padres. “Por qué siempre tienes que hacer el imbécil”, le preguntan sus enojados padres. “Yo no hago el imbécil”, responde tímidamente, “es que así es mi cara”.

Y… así es mi cara. No sé en cuántas fotos he tratado de poner una expresión sonriente y feliz, pero al verlas aparezco como si estuviera aburrido o enojado. “Siempre enojado”.

Las mujeres a mi lado también me han hecho el puto reproche: “es que siempre estás enojado”, “es que a todo lo que te digo le haces gestos”, “es que nada te parece, te lo veo en la cara”.

Pero es que así es mi bendita cara. Yo no la escogí.