lunes, 18 de abril de 2016

Nuestros impermeables



Cuando era niño e iba con mi hermano a jugar beisbol, lo hacíamos los días martes, jueves y sábado, montados en nuestras bicicletas. Los dos primeros para practicar el entrenamiento y el último para jugar un partido contra otro equipo; mientras tuvimos campos para jugar y una liga organizada, después, organizados entre nosotros.

Los martes y jueves íbamos de cuatro a seis y media, por lo que al empezar la época de lluvia corríamos el riesgo de mojarnos durante la práctica o en el regreso a casa sobre nuestras bicicletas.

Así que mi madre, una buena madre sobreprotectora, nos compró unos impermeables para que en caso de que nuestros cuerpecitos se expusieran a las gotas de lluvia los pudiéramos cubrir, y mantener a salvo. Eran impermeables amarillos con un pegoste del oso Yogui a la altura del corazón, que a mí me daba vergüenza utilizar.

Los llevábamos bien resguardados de las miradas de los curiosos en el fondo de la maleta en la que transportábamos nuestras cosas. No recuerdo haberlos utilizado si alguna vez nos sorprendió la lluvia en el campo de beisbol. Qué ridículos nos íbamos a ver, protegiéndonos de las ingenuas gotas mientras los demás las soportaban sólo con sus gorras.

Los usamos más de una vez, sólo durante el regreso a casa, pedaleando bajo un aguacero, ante las miradas divertidas de la gente del pueblo. Los usamos una vez jugando basquetbol bajo la lluvia un sábado después de jugar beis, recuerdo las risas de mis amigos ante lo chusco que me veía con mi atuendo amarillo del oso sonriente.

Recordé nuestros impermeables ayer, leyendo a Bukowski: Había peleas continuamente. Las profesoras no parecían enterarse de nada. Y había siempre problemas cuando llovía. Cualquier niño que llevase a la escuela un paraguas o un impermeable era automáticamente marginado {…} Cualquiera que fuera visto con un paraguas o un impermeable era considerado un mariquita.

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