miércoles, 6 de enero de 2016

El día de Reyes.



Creo que el día de Reyes es uno de los días que más ilusión te hacen cuando eres niño, y también uno de los que más disfrutas cuando eres padre, y te conviertes en uno. El deseo por recibir los regalos anhelados y el placer que te da el poder dar alegría a tu hijo. Una alegría incomparable.

Es también una de las grandes decepciones de la vida, para muchos la primera. El primer encontronazo con la realidad, cuando caen en cascada o avalancha las ilusiones de la niñez más bella.

Recuerdo que afirmaba con vehemencia, dueño de una verdad que nadie se atrevía a contradecir, que los Reyes se posaban en las nubes y desde ahí veían –con claridad impresionante– y evaluaban –consentidoramente– todas las cosas que hacíamos y dejábamos de hacer.

Recuerdo aún la alegría que sentí al ir escaleras abajo acompañado de mis hermanos para descubrir lo que mágicamente nos había sido entregado.

Me acuerdo también del primo que haciéndose el listillo nos presumió que él sabía quiénes eran los Reyes Magos, igual que de nuestra estúpida respuesta pidiendo que nos lo dijera.

También puedo evocar la ilusión de la primera vez que salí a comprar los presentes para mi niño y la felicidad en su rostro al ver la mágica sorpresa.