martes, 28 de julio de 2015

De una tal Malena...


“El tiempo ha pasado y ha pasado mi vida banalmente. He conocido a tantas mujeres y siempre me han dicho: “acuérdate de mí”; pero siempre las he olvidado. Aún hoy, es ella a la única que no he olvidado: Malena”



Volví a ver Malena ayer. Tenía bastantes años que no lo hacía. Aún recuerdo cuando la fui a ver al cine con mis amigos, hace casi quince años. La disfruté mucho (una vez más), es una de las películas que más me gusta. Paladear nuevamente esos geniales planos y movimientos de cámara amalgamados con el score de Ennio (el que a mí más me gusta, el que a veces escucho mientras escribo), y lo mejor: la señora Scordia.

Malena es una de esas películas para hombres (no conozco casi a ninguna mujer que haya dicho que le gusta o que es de su predilección), es una radiografía del convertirse en hombre, sobre todo sexualmente hablando. Me pregunto si habrá alguien que no recuerde su primera erección –quién la habrá conocido de la forma majestuosa en que lo hace Renato, contemplando semejante mujerón–. Esas sesiones interminables de rechinidos vergonzosos con sus perfectas fantasías. Esa súbita pérdida de la inocencia.

Creo que en Malena está expuesta nuestra condición humana, expresada sin pudor toda nuestra mezquindad, eso de lo que nos avergonzamos –que dista mucho de las vergüenzas pajeras; no nos deberían hacer sentir vergüenza por ellas, son lo más natural–. La envidia y el chisme, el aprovechamiento del desvalido, el silencio ante la injusticia, entre otras más.

La volví a disfrutar. La volví a sufrir. Me volví a enamorar.
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jueves, 23 de julio de 2015

¿Qué es el fairplay?



El día de ayer sentí una vergüenza que no había experimentado en mucho tiempo. Al mediocre equipo mexicano de futbol, el árbitro del partido le obsequió bastantes cosas: no expulsar a un jugador (Carlos Vela), expulsar a un rival, y dos penales; para que así pudiera ganar y llegar a final de la copa de la Concacaf.

Al sentirse vilmente despojados, los panameños ya no querían jugar: para qué, "denle el trofeo a México y dejamos de jugar al pendejo". El narrador televisivo comentó que sería un gesto maravilloso, el detalle de un hombre cabal, que el cobrador del penal (Andres Guardado) lo tirara hacia afuera a propósito; es el capitán del equipo y uno de los pocos jugadores mexicanos con credibilidad. Sería algo grandioso. La verdad, no creí que lo fuera a hacer: hay que ganar como sea.

Con qué cara le digo a mi hijo que no se hace trampa al jugar, si el técnico de México, cínico, afirma que todos sabían que no había sido penal, "pero que pus ya qué, hay que aprovechar", que "así es el juego". La justicia no existe en un mundo de chacales y donde el que no transa no avanza.

Cuánta razón tenía aquel que dijo eso de que "el futbol es un deporte para caballeros jugado por villanos", villanos que juegan a engañar, donde vence el que se sale con la suya: el que pega sin que lo vean, el que finge que le pegaron, el que usa las manos esperando pasar desapercibido, el más "vivo"; vivo, quiero entender que como sinónimo de "hijo de puta": el equipo con más hijos de puta tiene más oportunidades.

Sé que soy iluso al desear esto de la justicia deportiva, pero si así son las cosas, que por favor ya no usen una bandera de Fairplay.

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martes, 21 de julio de 2015

Los nombres II (san Gildardo)




Soy Gildardo como mi padre, él es Gildardo por haber nacido un 8 de junio, día de san Gildardo (un obispo según el calendario, del que desconozco los actos milagrosos que lo llevaron a convertirse en santo y ocupar así un lugar en el calendario), aunque también día de Medardo o Gaudencio (por fortuna fue Gildardo).

Aunque mi padre desde niño es conocido en su familia como Jaime. La razón nadie la conoce, pero todos tienen una hipótesis. La mía es que mi abuelo lo quería nombrar Jaime pero a la hora de registrarlo siguió la tradición de escoger un nombre correspondiente del calendario, el de Galván, como dictaba la tradición.

Mi hijo también es Gildardo (la tercer trilogía familiar, sumada a los Edmundos y los Julios). Y aunque casi nadie me cree, su nombre no lo escogí yo, lo eligió su madre (dice haberlo soñado parecido a mí). Cosa que ahora no debe hacerle nada de gracia, ya que además el niño es, según su palabras, un clon mío.

La verdad es que si bien no sabía como nombrarlo, no quería que llevara mi nombre. Un nombre poco común al que mucha gente estúpida (o con severas deficiencias auditivas) responde un tonto –¿cómo?– después de haberlo escuchado. Un nombre que otros tantos idiotas (igual exagero y sólo son disléxicos) no pueden leer, como si de un apelativo alemán se tratara. Nadie tuvo nunca problemas para nombrar a ningún Gilberto, pero, a pesar de compartir el mismo número de sílabas y letras, conmigo seguido ocurría alguna pifia, algunas garrafales.

Aun así, no me iba a negar a que mi hijo llevara mi nombre, a que fuera nombrado en mi honor, a que fuera Gilito como yo lo fui antes. Y ya también ha tenido disgustos debido a la sordera o dislexia de sus interlocutores; no obstante, ha dicho ya –si bien es muy pronto para poder asegurarlo– que llamará Gildardo a su hijo cuando lo tenga.

Podría nacer así el cuarto Gildardo de la familia, podría ser.
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jueves, 16 de julio de 2015

Los nombres I (y el que no roba es un gil...)




“El que no llora no mama y el que no roba es un gil”. –Ah chingá.

Recuerdo la primera vez que escuché –el día que lo supe– que el diminutivo de mi nombre tenía un significado feo –por decir lo menos– en Argentina (bueno, nada tan feo como el de Concepción, y más si tu madre se llama Concepción).

Fue tiempo después que escuché a Serrat cantar el tango de Santos Discépolo y ya no me sorprendió de ninguna forma conocer esos versos. Pude contextualizar entonces que mi nombre estaba emparentado "sinónimamente" con nuestro “pendejo” (por aquel entonces el asunto pasó de largo fácilmente en mi cabeza, aparte de que la chica que me lo hizo saber, se negó rotundamente a decirme el porqué no podía decirme gil, como todos los demás compañeros del taller).

Pienso que será la misma razón por la que mi amiga Mirella me bautizó como Gildo. Viviendo en argentina debe ser complicado llamarme Gil como hacen otros. Lo pienso, y sé que me sería bastante difícil llamar a alguien con un nombre que signifique algo feo, que me signifique a mí algo feo.

Soy y he sido: Gil, Gilo, Gilito, Gilote, Gili, Gilín, Gildo, Gildardín, Gilotepec, Giloso, Gilemón, Gilotzingo, Gilsucristo, Pedegil, etc. Sin mencionar mis apodos (mosco, cola, barbas, cristo, bukowski, etc).

Nuestros padres nos ponen un nombre y ya sabrá o descubrirá la sociedad como nos apoda. Nadie sabe cuál será el nombre que nos reconocerá como personas, el nombre que quedará tatuado a nuestra piel y a nuestro recuerdo cuando no estemos más por acá. El nombre asociado a nuestro rostro, cuando nuestro rostro ya no esté más.

Cuánta gente hay de la que los demás sólo recordamos el sobrenombre (mal o bien intencionado). Como mi Chabe por ejemplo, o el Jaime de los demás.

Y siempre será diferente decir que era Gil a que era un gil. Jajajaja.



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