sábado, 27 de junio de 2015

Segundo aniversario


Lo celebro con la gente que me lee, que me ha leído; con los amigos que he conocido, que tanto gusto me ha dado conocer. Lo celebro por toda la dicha que me ha dado, ese placer que vivirá dentro de mí hasta que muera. Lo celebro por la sonrisa tras la lectura de un comentario de alguien que me regala hermosas palabras, alguien a quien no conozco pero que me ha obsequiado un placer inigualable. Todo esto me ha hecho sentir feliz.

Dice Ana María Maidana (couchingliterario) que “cuando escribimos, ex-presamos (liberamos, deja de estar preso) eso que estaba en el interior, le doy forma y lo puedo mirar”. Esta frase engloba perfectamente el proceso de lo que he estado haciendo con regularidad estos últimos dos años: decir lo que pienso por el puro gusto de hacerlo, sin tener que quedar bien con nadie, sólo conmigo.

Lo mejor sigue siendo la maravillosa gente que he tenido el placer de conocer, con la que comparto algo más que una amistad y el placer de la escritura, el placer que crean las palabras cuando se encuentran bien acomodadas.

Este segundo año escribí un poquito más que el anterior, “supongo” que eso debe ser bueno.

Un abrazo a todos con los que me he topado en esta bendita blogósfera. 

Añado éstas magistrales décimas que tan gentilmente me obsequia el gran Ovidio Moré.



Dos añitos cumple Gilo
pero ya no va en pañales,
porque ha crecido a raudales
a la letra dando filo.
Ha depurado su estilo
y su voz testimonial
es límpida cual cristal
de buena literatura.
Gilo ha crecido en altura
en predios de Ultraversal.


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domingo, 21 de junio de 2015

Apuntes sobre ser padre (I)


Han sido varias veces las que –después de haberme convertido en padre– alguna que otra persona me ha dicho, en un tono entre broma y reproche, que ya me ha llegado el tiempo de pagar todas las cosas que hice, como hijo, por supuesto. Que con mi hijo saldaré las cuentas atrasadas con mis padres por mi mal comportamiento.

También más de una vez he reprochado que no tengo ninguna preocupación sobre esto, ya que fui un buen niño: obediente y temeroso, estudioso –no sé qué habrá pesado más, el temor a las represalias paternas o el gusto por las buenas notas–, tranquilo y mustio. El sueño de cualquier maestra escolar.

Como ya he contado anteriormente (de identidades) fui un niño modosito y bien portado. Buen católico.

Mi hijo –para fortuna o desgracia suya– es casi igual a mí (yo diría que 95%). Y se ha cumplido el viejo adagio: estoy disfrutando de un niño increíble, bien portado y con buenas notas (aunque éstas no me interesan, sé que no tienen valor alguno), muy amoroso, con el que pasar el tiempo es la mayor bendición y lujo que puede existir. Se les cumplió la “fatal” profecía (ríome).

Sé que soy muchas cosas, cosas desagradables, conozco mis defectos y a la mala convivo con ellos. También sé –esperando no pasarme de presuntuoso– que soy un buen padre, y eso en verdad me enorgullece. 


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lunes, 15 de junio de 2015

Perros y hombres



El perro es un animal noble. Un ser cuya devoción por los humanos excede a veces los límites del amor: el amor, como lo concebimos nosotros, un amor humano y egoísta. Es el compañero incondicional que cualquier persona puede tener, sea una solterona, un viudo, un solitario o un niño (dependiendo de su carácter, podría preferir un gato).

Hay perros que salvan vidas, tras terremotos, inundaciones o descuidos; perros que protegen y cuidan a sus dueños, arriesgando su vida. Perros para asistir a un ciego, para jalar un trineo, para acompañar un guardia.

Así, los canes se han ganado justamente el apelativo de “mejores amigos del hombre” (y la mujer). Tuvo que ser así. Las grandes parejas son disparejas: la mujer dominante necesita un pusilánime que se deje mangonear, igual que el machista requiere de una sumisa para que ambos sean felices. Los opuestos se atraen. La sádica requiere un masoquista para dar rienda suelta al placer.

Así que, qué otro ser podría ser mejor amigo de una especie tan despreciable como el ser humano. Un especimen vil, traicionero, convenenciero, ególatra, prepotente y egoísta como él solo.

Por eso no están nada errados aquellos que aseguran vehementes que cuanto más conocen a los humanos más quieren a sus perros. Pero eso cualquiera.


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miércoles, 10 de junio de 2015

de suposiciones...


“Nadie supone nada, el que dice supongo sólo afirma sin ánimos de ofender”. Decir que suponemos cuando queremos afirmar, es una forma de expresar lo que pensamos suavizándolo, tratando de no ofender al otro con nuestras ideas contrarias, esperando no parecer intransigentes.

Así nos enseñaron desde niños, a empequeñecernos. Aprender que nuestra opinión no es lo suficientemente válida para afirmarla y tener que recargarla en la muleta de la duda; aprendimos también a hablar de nosotros en tercera persona o en un incoherente plural, para no parecer presuntuosos y llenos de vanidad. A sonar lo más amables que se pueda: diplomáticos e hipócritas, con falsa modestia y falsa humildad.

Por qué se habría de ofender el otro de que pensemos diferente a él. A menos, claro, que nuestra actitud fuera agresiva y el volumen de nuestra voz hubiera subido de tono, evidenciando una agresión. Si esto no pasa tenemos todo el derecho de pensar distinto.

Decir supongo, creo, me parece, en vez de un rotundo “sé”. Pero además en pleonasmo: yo supongo, yo creo, a mí me parece. “Es o no es, cómo que crees”, me gritó una vez mi padre ante mi vacilante “yo creo que…” Pero como decía, así nos enseñaron, a mí al menos. Así aprendí. Y me cuesta muchísimo trabajo dejar de usar el simpático pleonasmo y afirmar lo que sé y lo que pienso: sin suavizarlo, sin querer quedar bien con los demás. Cuando lo formulo en mi cabeza suena agresivo, así que me autocensuro y voy por lo seguro y aceptado. Casi nadie quiere parecer un mamón sabelotodo. “Smart ass” dicen los gringos, me gusta la expresión. 


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viernes, 5 de junio de 2015

Ni una menos



Mi México es –sigue siendo– un país machista. Te das cuenta en el trato con la gente, cuando escuchas hablar a las personas; sea en su casa, en el metro o en la fila para el trámite gubernamental. No cuando hablan de cómo debería ser el mundo, de las cosas buenas de la vida y de que deberíamos vivir cada día como si fuera el último. Éstas pláticas viven en lo políticamente correcto y los lugares comunes. No son reflejo de la verdad.

La vida sexual de una persona sigue estando dividida entre el cabrón y la zorra, la cabrona no existe, muta en puta en automático. Pero depende el eufemismo.

Un machismo amamantado por las todavía “abnegadas” madres, que se niegan a cambiar la tradición. Que se indignan si su hijo ayuda a su mujer cotidianamente en las labores hogareñas, pero que secretamente desean que el desobligado yerno fuera igual, igual de acomedido. Y que no hubiera salido “pegalón”, porque, “pues ni modo, es tu marido y lo tienes que aguantar, piensa en tus hijos”.

El clamor de moda es “Ni una menos”. Por desgracia, todas las manifestaciones –en físico o virtual– de poco servirán, se trata de un asunto de educación, de lo que se mama en casa, de lo que vemos y escuchamos todos los días.

Sería lindo un mundo donde no existieran seres abusados. Sean mujeres, hombres, niños o animales.


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