lunes, 27 de abril de 2015

de almas gemelas

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Recuerdo que dentro de mi "educación sentimental", desde la niñez temprana hasta el fin de la adolescencia, y tal vez más, entraba el concepto de "Las almas gemelas". Una persona, evidentemente del sexo opuesto, en la que tu alma y tu ser se correspondían totalmente, por lo que de hallarla, serías una persona sumamente afortunada.

Viviendo en la ignorancia de la infancia, esperabas que tu alma gemela fuera una chica bella, de cara lindísima y cuerpo bien formado, esa chica casi perfecta con la que serías feliz toda tu vida, ya que también fui educado en la lógica del "felices para siempre".

El cine ha retratado muchas historias cuyo argumento gira en torno al encuentro de dos personas que a la postre se descubren como sus almas gemelas, con historias para todos los gustos. Y debido a que poseo un lado cursilón que me llama a ver películas románticas, he visto unas cuantas decenas o cientos de ellas.

Mi favorita es "Heaven" (En el cielo) de Tom Tykwer, escrita por Krzysztof Kieślowski. Sobre el fortuito encuentro entre una maestra de primaria que ha decidido hacer justicia ella misma ante la ineptitud y corrupción de la policía, y un policía novato que ha quedado irremediablemente enamorado de ella al conocerla y descubrir su causa.

Filippo y Phillipa descubriendo que tienen más en común de lo que hubieran imaginado, cómplices totalmente amalgamados a pesar del poco tiempo juntos. Me parece una historia maravillosa de dos almas que se encuentran, además, soy adicto a esas historias donde se debe burlar hábilmente a la autoridad para escapar.


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martes, 21 de abril de 2015

De las trampas de la memoria.



¿Cómo hacen algunos recuerdos para escabullirse a la memoria sin dejar rastro alguno, que incluso desconocemos que los teníamos? ¿Cómo hacen otros para ponerse primeros y aparecer reiterativos a la menor provocación, sin pudor alguno? ¿Qué mecanismos determinan que ciertas cosas sean olvidadas, mientras otras siguen frescas en nuestros pensamientos? ¿Cómo hace uno para deshacerse de esos recuerdos que tanto duelen, para enterrar esas caras que nos atormentan y desechar esas palabras que fueron dichas con odio en un claro afán por hacernos daño, o esas otras, antes dulces y que hoy amargan nuestro ser al venir constantes y necias? La indiferencia lleva al olvido. Lo que no nos representa el más mínimo interés no permanece en nuestra memoria y se pierde, olvidamos caras y nombres de gente que pasó por nuestra vida sin significarnos nada, vivimos momentos rutinarios que se desvanecen sin siquiera recordar que existieron; horas, días y semanas que se vuelven nada, porque no eran nada y se extinguieron; todas volcadas a un saco sin fondo del que no hay salida. Pero no somos ni podemos ser indiferentes ante eso que nos duele, no podemos desaparecer nuestras vivencias más significativas; no podemos olvidar a quien una vez amamos, a quien ocupó nuestra mente y pensamientos todo el día de todas las semanas de todos esos meses, esos años –aún más catastrófico–; no podemos borrar esa cara, ni esa sonrisa, esos ojos y esa boca, hacer desaparecer esa voz tan común y tan única a la vez. Es imposible. Y el empeñarnos en olvidarlo nos lo clava cada vez más dentro. Cada puta canción que te dice su nombre, lleva impregnada su sonrisa y evoca un momento que fue bello. Cuando te cruzas a dos metros de distancia con su amiga, que no te saluda ni saludas –ni siquiera recuerdas su nombre–, pero ambos nos hemos visto, y no sé qué piense ella, si se compadezca de mí o maldiga mi nombre, pero piensas en “ella” a través de esta tipa con la que si acaso intercambiaste unas mínimas palabras en aquellos días. Cuando cambias el canal y aparece esa película romántica y divertida que ambos adorábamos, y sintiendo que una avalancha de recuerdos y sensaciones se viene sobre ti cambias el canal lo más rápido que puedes esperando que tu chica actual no deseé ver esa divertida y romántica historia de trasfondo beisbolero que ha dejado de gustarte (aunque no ha dejado de gustarte). Cada que otro iluso (uno más) nos pide, casi nos exige, que la olvidemos y pasemos a otra cosa “debes dejar ir las cosas”, delinea un poco más su nombre con plumón permanente sobre nuestro pecho. Si acaso íbamos camino al entierro de su recuerdo este iluso lo ha revivido en su terquedad; y son tantos los que se portan así, los que desean que exiliemos de nosotros un mundo completo, con tantos detalles siniestros e inescrupulosos: “debes dejar ir las cosas, no te aferres a lo que ya no es, libérate de lo que sólo te pesa, bla bla bla bla” ¡Es que estos pendejos nunca han amado!


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viernes, 17 de abril de 2015

Fantaseando...




Si pudiera elegir en qué tipo de persona reencarnar en una siguiente vida, casi sin dudarlo elegiría ser músico. No cualquier tipo de músico, me gustaría reencarnar en roquero. Pero no sólo roquero, quisiera ser el vocalista de la banda. Poca cosa. Me parece desde mi muy pequeño punto de vista, que las experiencias de un cantante de rock son extraordinarias.

Intento dimensionar qué se sentirá cantar una canción creada por ti mientras 30000 personas la corean alucinadas. O que después de 30 años de tu último gran éxito te reciban con cariño sincero y sigan cantando a tu lado esas viejas canciones que se resisten a morir. O que cientos de mujeres deseen tener sexo contigo. Debe ser maravilloso.

Apunté a lo más alto, lo sé. Ese sería el ideal, aunque me conformaría con formar parte de algún grupo de otro género, que guardando las distancias, las experiencias deben parecerse mucho: mujeres, alcohol, excesos, idolatría, y el poder cantar a pesar de todo.

Creo que los músicos y deportistas viven haciendo lo que les encanta, o eso me gustaría pensar, que les pagan por hacer eso que harían sin recibir un peso, que esa pasión tan intensa no es sólo un hobby para cuando haya tiempo. Que no tuvieron que cambiar el sueño de su vida por el pan de cada día, como dijera Cabral.

Será que por eso me gusta tanto el karaoke. El micrófono y yo sin importar lo que los demás piensen.

Live fast die young and live for ever.

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jueves, 9 de abril de 2015

Una entrada triste.


Esta es una entrada triste, triste para mí, por supuesto. Pero escribir exorciza, al menos es terapéutico. Igual y hasta puede poner las cosas en perspectiva.

Quien me lee con regularidad sabe que estuve casado y que tengo un hijo. También que tengo una novia que amo y que me ama, a pesar de conocerme, lo que le agradezco como no tienen idea. Apareció en mi vida pocos meses después de la separación, pero fue hasta meses más adelante, que se convirtió en una persona especial y que me enamoré de ella: que abordó mi cabeza y se instaló cómoda a sus anchas.

Contrario a lo que me han vendido la televisión y el cine, Gil siempre la aceptó. Desde el primer día hicieron buenas migas, y puedo decir que son buenos amigos. Se cayeron bien desde un principio (han descubierto, divertidos, que tienen cosas en común: los dos son hijos de padres divorciados, ninguno de los dos fue bautizado, los dos se parecen a su papá, ambos le van al Barcelona). Fue una maravillosa sorpresa no tener que lidiar con eso. Podemos pasar grandes momentos los tres juntos, jugando un juego de mesa o viendo una película.

Pero no todo en la vida puede ser miel sobre hojuelas. Cuando comencé a andar con Tamara, como se pueden imaginar, era el hombre más feliz de la tierra. Estúpidamente, quise que mis padres me vieran feliz y que conocieran a la persona responsable de ello, que convivieran con ella. Así que la llevé varias veces a comer a su casa. Otra sorpresa, sólo desprecios y malas caras obtuvo por respuesta mi nuevo amor, indiferencia y frialdad. Mala leche derramada vil y cínicamente. Otro costal de tristeza sobre mis débiles hombros.

Y bueno, lo entendería, si yo hubiera botado a mi familia para irme con otra mujer. Si no me hubiera importado mi hijo por buscar la novedad de otro cuerpo. Pero no. Yo fui el botado.

Y el iluso que pensó que a sus padres les daría gusto verlo feliz con alguien más. me ﷽﷽﷽﷽﷽﷽ro no. A mado a mi familia para irme con otra mujer. Si no me hubiera importado mi hijo por buscar la novedad de otro
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jueves, 2 de abril de 2015

Otros apuntes de cotidianidad.




Se acaba de encontrar un celular con un video de los segundos –o minutos, no sé– previos al avionazo de los Alpes. Pienso que todos quieren verlo, somos morbosos por naturaleza. Pero me quedé pensando en cómo, aun en ese histérico momento previo a la muerte, esa persona se permitió sacar su celular y tomar video del mortal choque, sin importar que ya no pudiera verlo –y compartirlo en su face–. ¿En serio alguien puede anteponer su deseo por hacerse notar a su miedo a morir en instantes? Ésta es una suposición mía que muy malpensado soy, pero no imagino otro fin para el video.

Fuimos al acuario de Carlos Slim hace pocos días. La gente se “arrejunta” en los estanques no para ver y apreciar los especímenes exhibidos, están ahí para tomar foto y video de lo que deberían ver, pero no, mejor retacar el teléfono con 10 fotografías de los mismos peces. Por tanto, debes esperar a que esos 10 celulares dejen de tapar la visibilidad para poder ver algo.

¿Será que la memoria es tan mala que necesita forzosamente de esas fotos mal tomadas para recordar lo vivido? ¿Sabrán algunos como se ven las cosas sin mediar la lente de un teléfono “inteligente”? No sé qué me da ver cómo sacan la cámara por todo y para todo, lo entiendo en algunas situaciones, pero no en la mayoría. O será tan sólo que soy una amargado que no entiende como funciona este “lindo” mundo. Más probablemente esto último.
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