martes, 15 de septiembre de 2015

Mi abuelita...


La recuerdo consintiéndome. Siempre fui –soy– un niño melindroso. Preparándome unas quesadillas o un huevo con jamón ante mi reticencia a comer lo que había. Así que me cuesta trabajo verla como la madre dura que dicen que fue, esa que infundió temor a sus hijos.

Fue mi única abuela, mi abuelita.

Nunca cuestionó mis creencias religiosas. Y es ante la única que quizá no hubiera podido argumentar mi "descreencia" en un ser divino perdonador de pecados y protector de pecadores. Siempre me despidió con un que dios te cuide hijito.

Era fantástico quedarnos en su casa en Navidad y semana santa, nosotros tres, con Paty y Juan. Creo que eso era lo mejor: los días posteriores, días de pura felicidad. 

Recuerdo divertido una vez en que estábamos rezando un rosario: mis abuelitos, Daniel, Juan y yo, y alguien se pedorreó. Nosotros –niños al fin– comenzamos a reír, también mi abuelito; risas que se intensificaban a cada segundo. Mi abuelita seguía rezando, pero al no parar las risas hizo una pausa para regañar a mi abuelito: –Ya Pablo. Terminó cediendo ante nuestras risas producto de ese venturoso pedo.

Hoy falleció mi abuelita.