martes, 29 de septiembre de 2015

¿la suerte de la fea?



Diana estaba harta de leer frasecitas que decían que ninguna mujer era fea,  hastiada de escuchar que la belleza interior era la importante y la que contaba, completamente indigesta del dicho que sentenciaba que la belleza de una mujer se la daba su seguridad y autoconfianza. De sobra sabía que no era así, y lo había aprendido de feas maneras. De qué forma iba una mujer fea a generar autoconfianza si desde pequeña había sido discriminada por lo imperfecto de sus rasgos o lo grotesco de su rostro.

Si era parte de una herencia maldita en la que se iban arrastrando los deformes rasgos y los desafortunados genes. El legado imperfecto cargado desde hace cuántas generaciones: las fotos no mentían. Y el complemento para procrear no era distinto. Mujeres que se habían tenido que conformar con los feos y maltrechos pretendientes que las cortejaban. Saber que eran el premio de los jodidos, de los desheredados. De los que en caso de convertirse en actores ocuparían los roles de narcos, pobres, indígenas y sirvientes.

Para Emma Watson era sencillo hablar de belleza, era una simpleza fingir falsa modestia, restar importancia a los perfectos rasgos faciales que poseía y hablar de belleza interior y de las cosas realmente importantes de la vida. Cuántas niñas habrán sido mejores actrices que la señorita Watson cuando audicionó por el papel de la brillante niña maga, pero no eran lo suficientemente atractivas; aunque en el libro la señorita Granger sea descrita como una chica con muy poco atractivo: dientona y de barbilla salida.

Se preguntaba si ese estúpido argumento había sido ideado por una mujer o un hombre. Por una mujer bella que sentía lástima por las feas que no podrían recibir sus privilegios, o por una fea, que sarcástica se burlaba de la vida, riendo en su tumba con cada adefesio de mujer que se creía al pie de la letra su tonta sentencia. Quizá por un hombre con una hermana horrenda, que intentaba que su queridísima hermana tuviera consuelo ante su fealdad, o por un galanazo, un donjuán que sentía lástima por todas aquellas grotescas mujeres que tendrían que conformarse con tenerlo únicamente en sus ensoñaciones. Ya que por más “bellos sentimientos” que albergaran, seguían siendo feas.