viernes, 29 de mayo de 2015

El increíble señor Bird




Fuimos a ver “Tomorrowland” el miércoles en la noche, tenía ganas de verla porque es de Brad Bird, el director de “El gigante de hierro”, “Los increíbles” y “Ratatouille” (por las últimas dos ganó el Oscar); por tanto, uno de mis directores favoritos. También era Consultor ejecutivo en Los Simpsons cuando eran buenos. “Tomorrowland” está filmada en liveaction (con personas), pero a diferencia del anterior trabajo de Bird (“Misión Imposible: Protocolo fantasma”) no es una cinta que deba apegarse a los estándares de una franquicia de acción.

Me gustó la película. Es una buena historia fantástica, de esas que a ciertas personas nos gusta ver. Pero prefiero sus películas animadas. Son tres de mis favoritas.

La verdad no sé si “El gigante de hierro” salió en el cine, en todo caso supe de ella mucho tiempo después, en una clase en la que un amigo la citó para ejemplificar algo. Tiempo después la vi y me gustó mucho.

Fui a ver “Los increíbles” con mis amigos el día de su estreno, en una sala enorme en la que predominaban papás con sus hijos pequeños. Al transcurrir la película se escuchaban casi únicamente risas de los adultos presentes. Hubo pocos momentos en los que los niños soltaron alguna carcajada. Creo que en realidad no es una cinta propiamente para niños (por ejemplo, el asunto de la probable infidelidad de Bob). Me encanta. La he visto más de 10 veces y la podría ver las veces que fueran.

Por lo anterior, la expectativa que tenía antes de ver “Ratatouille” era enorme. También fui al estreno, de hecho como papá fanático, llevé a Gil a ver su primer película en un cine. Adoro “Ratatouille”, he dicho en varias ocasiones que es una obra de arte, y en verdad lo creo.



Me gustó “Tomorrowland”, pero espero que Brad Bird vuelva a hacer cintas de animación. Si acostumbrara rezar, pediría por ello.

En “El gigante de hierro” y “Los increíbles” rinde homenaje a dos de los grandes animadores de Disney, Frank Thomas y Ollie Johnston, reconociendo su importancia en su carrera y su vida.


martes, 26 de mayo de 2015

del estilo...


Pienso que el “estilo” o sello de lo que creamos (escribamos, pintemos, hagamos música), sale solo. Viene como viene o como puede.

Si una buena amiga me comenta que al leerme le recuerdo a Ibargüengoitia, supongo que podríamos tener algún parecido en la forma de ver el mundo (Ibargüengoitia y yo), no a que yo trate de que lo que escribo se parezca a lo que él escribió.

Aunque lo que leemos, influye en lo que saldrá por nuestros dedos. Entonces: ¿Qué podría escribir alguien que piensa que Crepúsculo es literatura?

No podemos ser inmunes a todos los estímulos a los que estamos expuestos a diario. La búsqueda de originalidad es difícil, y creo que estúpida. Creo, con base en lo que hay en mí, lo que ya existe. Si lo creado es algo tan común que no se puede diferenciar frente a otras mil cosas, qué hacer, quizá no he tenido el contexto adecuado, quizá soy un mediocre que no podrá jamás crear algo original.

Pero, el arte o la expresión artística busca la expresión del ser, de la persona. Me proyecto en lo que hago, y la realización del acto “artístico” es el fin, no el medio. Se escribe para satisfacerse, no para alcanzar fama y fortuna. Se pinta por el placer de hacerlo, no para llamarse artista.

lunes, 25 de mayo de 2015

asuntos cotidianos



La semana pasada se dio a conocer un audio en el que el más alto funcionario del instituto electoral mexicano (INE) se mofaba a carcajada suelta de la forma de expresión de un líder indígena mexicano. La anécdota no debería sorprender a nadie, éste es un país inminentemente racista y clasista.

Éste país en el que el color de tu piel es tan determinante, en el que cuando se te quiere ofender se te llama “indio” o se te dice que parece que “te bajaron del cerro a tamborazos”, en el que personas con estudios universitarios que utilizan palabras como “tergiversar” o “satisfació” se burlan de regionalismos como “haiga” o “naiden”, éste bello país del “está bonita aunque esté morenita”.

Las disculpas ofrecidas –completamente por obligación, no sé cuánto de eso lo sienta en verdad este tipo– son el trámite que sigue al agravio, que como he dicho en otra ocasión (el valor de una disculpa), no creo que sirvan para un carajo. La ofensa ya la hizo, y lo que piensa de los indígenas ya lo expresó, con toda su honestidad.

¿En verdad alguien se sorprende por lo dicho por el desprestigiado funcionario?


Acompaño mis berridos con un claridoso soneto de mi compañero y colega Gonzalo Reyes:

Los cargos no se heredan Delegada.
No son su patrimonio, entienda eso
si tanto le ha gustado el hueso
invierta a plazo fijo su mesada.

Un consejero tonto se ha burlado
de los indígenas de México.
Habría que decirle con buen léxico
que tamaña idiotez lo ha encuerado.

Y no quisiera más tocar el tema
pero se empeñan ciertos comediantes
—que solo maman del sistema—

en exhibir su mezquindad.
Sin el menor pudor estos “diamantes”
van confiscando toda voluntad.

lunes, 18 de mayo de 2015

una historia de lucha libre...



No recuerdo el momento en que vi mi primera lucha libre, en la tele, por supuesto. Pero me acuerdo de tener unos 5 años y estar con mi hermano solos en la casa viendo una película del Santo contra los hombres lobo o algún otro grupo de monstruos, puedo evocar al héroe enmascarado intentando escapar en un auto mientras cientos de hombres lobo lo acosan. Recuerdo también que me dio miedo, estaba temeroso viendo la película en la tele pero sin poder dejar de mirarla. La primera vez que una película me dio miedo.

No recuerdo esa primera vez que vi lucha libre a través de la pantalla de televisión, pero desde que lo hice me volví fanático. Veía las luchas con mi hermano los sábados en el 13 y los domingos en el 2. Comencé a comprar la revista “Colosos de la lucha libre” y a decorar nuestro cuarto con los posters que regalaban de nuestros luchadores preferidos (ahí estaban Atlantis, Blue Panther, Los Dinamita o Pierrot, entre otros más), jugábamos a las luchas en la cama de mis padres cuando ellos no estaban, en las nuestras los demás días. Pasábamos buena parte de nuestro tiempo libre dibujando luchadores y luchas de tercias: los héroes y villanos captados por nuestros infantiles y entusiasmados trazos.

En “Colosos” publicaban dibujos de luchadores enviados por los niños y adolescentes que los admiraban, así que un día Daniel y yo nos animamos a hacer unos dibujos con mayor esmero para mandarlos a la revista y ver si teníamos suerte. Hicimos varios dibujos, tamaño carta, esta vez los coloreamos porque siempre los dejábamos en el puro trazo a lápiz. Yo hice tres dibujos, creo que uno fue de mi adorado Atlantis, otro del Villano III y el tercero del Pegassus Kid, pero no lo recuerdo bien. Al terminar se los dimos a nuestra madre para que los llevara al correo.

Unos dos o tres meses después tocó a la puerta un mensajero de Estafeta buscándome, una sorpresa, pues era yo un chamaco de 12 años (o quizá ya había cumplido los 13, no lo sé) y era rarísimo que me llegara algo por correo. Salí a recibir el paquete, al ver el remitente sentí algo dentro de mí que me hizo sentir feliz y apenado a la vez, supongo que me habré sonrojado. Abrí la caja impaciente, dentro venía una gorra y una playera de “Colosos de la lucha libre”, una carta y una credencial que me acreditaba como “Dibujante colaborador honorario” de la revista.

Fue un día muy feliz. Me sentía orgulloso y contentísimo. Llevaba con orgullo mi playera negra de letras fosforescentes a los entrenamientos de beisbol. Pero había dejado de comprar la revista porque ya no la llevaban al puesto donde usualmente las compraba. No pude conseguir esa revista en la que se publicó mi dibujo, así que no supe cuál de ellos fue el elegido. Pero el sólo saberlo me hizo muy feliz.




miércoles, 13 de mayo de 2015

de la inspiración


“Lo que la gente que no escribe no entiende es que piensan que tu compones una  línea de forma consciente -pero no es así-.  Esta procede de tu inconsciente.  Así que tienes la misma sorpresa cuando emerge, que la que tiene el público cuando el cómico la dice.  No pienso en la broma y luego la digo.  La digo y luego me doy cuenta de lo que he dicho.  Y me río de ella, porque yo la estoy escuchando por primera vez.” 

Woody Allen, Revista Esquire, 2013.


Ese momento en que llega la inspiración y vienen a tu mente un tropel de palabras perfectamente ordenadas, con ideas formadas y frases estructuradas de algo que estaba dentro de ti y que ha decidido salir y plasmarse en tus letras. Y una vez que terminas ese párrafo, lo relees y no te crees que lo hayas escrito.

Sí tenías ganas de escribir sobre algo –una idea para hablar y desarrollarla– pero no sabes lo que vendrá hasta tus disléxicos dedos, las cosas que saldrán de tu inconsciente, manifestándose; tu identidad mostrada sin pudor (ya si luego ese pudor lo edita es otra cosa).

Ese momento en que todo lo que escribiste se ordena como por arte de magia, las inconexas ideas de repente se reencuentran en la hoja virtual y se toman de la mano.

Es jodidamente increíble. La señora inspiración se pasó por tu lado y te dejó un beso en la frente. A veces pasa.