martes, 21 de abril de 2015

De las trampas de la memoria.



¿Cómo hacen algunos recuerdos para escabullirse a la memoria sin dejar rastro alguno, que incluso desconocemos que los teníamos? ¿Cómo hacen otros para ponerse primeros y aparecer reiterativos a la menor provocación, sin pudor alguno? ¿Qué mecanismos determinan que ciertas cosas sean olvidadas, mientras otras siguen frescas en nuestros pensamientos? ¿Cómo hace uno para deshacerse de esos recuerdos que tanto duelen, para enterrar esas caras que nos atormentan y desechar esas palabras que fueron dichas con odio en un claro afán por hacernos daño, o esas otras, antes dulces y que hoy amargan nuestro ser al venir constantes y necias? La indiferencia lleva al olvido. Lo que no nos representa el más mínimo interés no permanece en nuestra memoria y se pierde, olvidamos caras y nombres de gente que pasó por nuestra vida sin significarnos nada, vivimos momentos rutinarios que se desvanecen sin siquiera recordar que existieron; horas, días y semanas que se vuelven nada, porque no eran nada y se extinguieron; todas volcadas a un saco sin fondo del que no hay salida. Pero no somos ni podemos ser indiferentes ante eso que nos duele, no podemos desaparecer nuestras vivencias más significativas; no podemos olvidar a quien una vez amamos, a quien ocupó nuestra mente y pensamientos todo el día de todas las semanas de todos esos meses, esos años –aún más catastrófico–; no podemos borrar esa cara, ni esa sonrisa, esos ojos y esa boca, hacer desaparecer esa voz tan común y tan única a la vez. Es imposible. Y el empeñarnos en olvidarlo nos lo clava cada vez más dentro. Cada puta canción que te dice su nombre, lleva impregnada su sonrisa y evoca un momento que fue bello. Cuando te cruzas a dos metros de distancia con su amiga, que no te saluda ni saludas –ni siquiera recuerdas su nombre–, pero ambos nos hemos visto, y no sé qué piense ella, si se compadezca de mí o maldiga mi nombre, pero piensas en “ella” a través de esta tipa con la que si acaso intercambiaste unas mínimas palabras en aquellos días. Cuando cambias el canal y aparece esa película romántica y divertida que ambos adorábamos, y sintiendo que una avalancha de recuerdos y sensaciones se viene sobre ti cambias el canal lo más rápido que puedes esperando que tu chica actual no deseé ver esa divertida y romántica historia de trasfondo beisbolero que ha dejado de gustarte (aunque no ha dejado de gustarte). Cada que otro iluso (uno más) nos pide, casi nos exige, que la olvidemos y pasemos a otra cosa “debes dejar ir las cosas”, delinea un poco más su nombre con plumón permanente sobre nuestro pecho. Si acaso íbamos camino al entierro de su recuerdo este iluso lo ha revivido en su terquedad; y son tantos los que se portan así, los que desean que exiliemos de nosotros un mundo completo, con tantos detalles siniestros e inescrupulosos: “debes dejar ir las cosas, no te aferres a lo que ya no es, libérate de lo que sólo te pesa, bla bla bla bla” ¡Es que estos pendejos nunca han amado!