lunes, 30 de marzo de 2015

De la ignorancia...


“La inesperada virtud de la ignorancia”. Bendito el ignorante, el que no sabe, el que no se atormenta con preguntas que no puede responder, o que responde fatalmente, con los peores escenarios y las más nefastas posibilidades. El que es feliz en su desconocimiento. Ese ignorante que vive su día a día, sin esperanzarse con un futuro feliz, relativamente feliz, me refiero; con ciertas alegrías que puedan opacar el gris casi monocromático de todos los días: la risa contagiosa ante el pedo largo y sonoro cuando ninguno lo esperaba; la confusión y la carcajada al escuchar algo disparatado y sin sentido; el meme compartido, tan estúpido y risible, esas risotadas sinceras, grandiosas. Ese que no piensa en un futuro al que quizá no llegue, que no se atormenta con las posibilidades de cada cosa, que no se cansa pensando. Que puede creer que con sus rezos y plegarias recibirá la ayuda requerida, que se siente escuchado y cobijado por ese dios que lo ama a pesar de conocerlo, porque es su hijo y su hermano a la vez. Ese hombre que se siente resguardado tras recitar apurado una oración. 



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