martes, 20 de enero de 2015

La cama de mis padres


La cama de mis padres fue un gran campo de juego cuando era niño. Jugué con mi hermano mucho tiempo ahí subidos. Era un lúdico lugar clandestino, ya que sólo lo usábamos si mis padres no estaban; de habernos visto, nos hubieran reprendido, mucho más mi padre. Que las camas no están hechas para brincar, son para dormir.

Es una cama “kingzise”, colocada en una parte de la gran habitación que comparten mis padres. El lugar perfecto para planear o improvisar un juego nuevo, para jugar sin ser vistos, uno de nuestros rincones de juego.

Era un ring de lucha libre, una portería de futbol, una base de beisbol. El cuadrilátero que tantas veces vio luchar a Atlantis y Pierrot, la portería donde se decidieron muchos campeonatos, con un oso de peluche por balón; a dónde había que llegar barridos de cabeza antes de que la pelota tocara la cabecera poniéndonos “out”.

Mi hijo ha heredado el campo de juego. Y como todo nieto dichoso, no tiene que esconderse para brincar ahí. De hecho es un gran amigo del dueño, quien lo comparte gustoso con él: para luchar o intentar atajar todas las pelotas o peluches lanzados.

Ahora también puedo yo jugar sin temer por ser visto. Es que es un gran lugar para hacerlo.



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