lunes, 1 de diciembre de 2014

Vida fantástica


Cuando era pequeño el mundo parecía un lugar fantástico. Un increíble lugar donde por ejemplo, tus dientes eran tomados por el Ratón de los dientes a cambio de unas monedas; y si te portabas relativamente bien, el Día de Reyes serías recompensado con juguetes ( a mis hermanos y a mí nunca nos trajeron los juguetes que pedíamos, pero aun así éramos infinitamente felices el 6 de enero) traídos mágicamente por tres inmortales reyes. Un hombre de gran barba blanca recorría increíblemente el mundo en una noche, llevando obsequios a los niños: a nosotros nos traía ropa, porque los juguetes los traerían los Reyes. De igual forma si nos portábamos mal, el coco nos molestaría en sueños, así que nos encomendábamos a nuestro angelito de la guarda para que velara nuestros preciados sueños. El mundo era un mágico lugar donde todo era posible.

También nos contaron la historia de Jesús, el hijo de dios. Otra historia fantástica. Nació de una mujer que a la vez era su madre y su hija, era nuestro dios y nuestro hermano al mismo tiempo y debió morir para salvarnos. Mientras vivió realizó muchos “milagros”, como aparecer comida o revivir muertos.

Vivíamos entre estrellas fugaces que concedían deseos y ángeles protectores que cuidaban nuestro andar.

Un mal día todo acabó. Nuestros padres encarnaban a todos esos queridos seres fantásticos que tanta ilusión nos provocaron. Ellos compraban la ropa y los juguetes, ellos ponían las monedas bajo la almohada. Incluso el coco era una maquiavélica invención. No importaba qué tan buen niño eras, sino qué tanto dinero poseían tus padres.

La realidad suplantó a la fantasía, pero no del todo. Todas las historias religiosas seguían siendo verdaderas: la magia de dios era real mientras que la de los Reyes Magos era una charlatanería. Las estrellas fugaces no concedían deseos, pero Jesús, su madre la Virgen o san Judas, si tenían esa cualidad. Sólo había que tener fe.

Supongo que por eso hay quien dice que dios es el Santaclós de los adultos.