viernes, 18 de julio de 2014

Los ídolos de un niño raro.


El pasado martes 15 se llevó a cabo el juego de estrellas del beisbol de las grandes ligas, en Minnesota. Algunos de ustedes ya saben que me gusta mucho el beisbol, que lo jugué de niño y adolescente. La verdad es que quería escribir sobre esto desde el año pasado, pero no me había animado. Ahora, tras el juego del martes, hay un buen motivo para hacerlo.

Derek Jeter jugó su último juego de estrellas, de hecho se le homenajeó en el mismo. Además participó en el triunfo de su equipo. Jeter es parte de una generación que ganó todo a finales de los noventa. Está en varias de las listas con las mejores estadísticas ofensivas. Es uno de los poquísimos jugadores que siempre estuvo en el mismo equipo; igual que el implacable Mariano.

Pero lo que es aún más sobresaliente, es que es uno de los “poquisísisimos” peloteros que no usó sustancias prohibidas para incrementar su rendimiento, que no se dopó. Para tener mejores marcas, para tratar de ser el mejor. Y eso, me parece tan sobresaliente, como el número de hits que ha bateado o los títulos de serie mundial que posee. Es un tipazo.

Hoy en día, parece que jugadores tan admirados en su momento, como Marc McGwire, Barry Bonds, Roger Clements, Sammy Sosa, Many Ramírez, no van a ingresar jamás al salón de la fama. A pesar de los bestiales records y hazañas de los que fueron protagonistas. A pesar de todo lo logrado. Todos desenmascarados, algunos cínicos y mentirosos. Todos tramposos. Una carrera tirada al excusado.

En su momento me dolió mucho. Eran mis ídolos de la niñez. Mis admirados jugadores. De quienes platicaba extasiado sus proezas en el campo. Mis héroes. La muerte de mis ídolos.




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