miércoles, 2 de julio de 2014

de nombres propios


En días recientes, bueno ya no tanto, hubo dos casos que llamaron la atención de los medios aquí en México. Dos casos sobre violencia intrafamiliar. Pero aparte de la nota roja y la descomposición social que se evidencia, me resaltó mucho el nombre de las víctimas: Owen y Dominic.

Cuando hablé sobre la originalidad buscada por una muy grande porción de la sociedad (apuntes sobre la tan mentada originalidad), señalaba como una de estas características la elección de un nombre, supuestamente original, que marque al niño desde un inicio, como alguien no del montón, más bien alguien especial.

Porque qué tiene de especial ser: Antonio, José, Juan, Arturo, Diego, o Pedro; en todo caso ser: Ian, Stiv (Steve), Brayan (Brian), Didier, Yobani (Geovanni) o Maicol (Michael). El deseo invencible por blanquear, al menos el nombre, ya que la piel no se puede, o en todo caso, cuesta más trabajo y dinero.

En el documental Freakonomics, se analizan, basados en números, algunos aspectos de la vida de los estadounidenses. Uno de ellos, es un estudio bastante interesante sobre la relación entre los nombres de las personas y el éxito o fracaso que puedan tener en su vida, o al menos, en la percepción que sobre ellos se tiene, sin conocer otra cosa que sus nombres.

El realizador habla acerca de la discriminación existente, a partir de los nombres que tiene la gente. Gente discriminada por llevar un nombre culturalmente de raza negra (Shaniqua, De Marcus, Leroy, etc.), frente a nombres anglosajones.

Me puse a pensar si esta relación discriminatoria se extrapolará a México. Ya que, al menos en mi experiencia, estos nombres “blancosygringos”, los llevan niños y jóvenes de clases sociales bajas, gente pobre. Si llegado el momento, al ver el nombre Brayan Pérez Rodríguez, cargue sobre el un saco de adjetivos negativos, como pasa con nuestros vecinos.

No lo sé, sólo el tiempo lo dirá.