jueves, 5 de junio de 2014

De alcoholes...


Ya he hablado antes acerca de que tengo una relación afectiva con el alcohol (elogio al alcohol). No soy alcohólico, y esto no es una negación, es un dato, jajajaja. 

Supongo que tendría unos 14 años cuando mi padre o alguno de mis abuelos me dieron un tequila o un brandy. La verdad no recuerdo quién fue. Ya en la preparatoria, tenía mucha más experiencia que mis amigos, motivo por el que me gané una fama de borrachín (el tomar alcohol se me enseñó como algo natural, nunca como algo malo. Nunca me tuve que esconder para tomarme una copa, nunca lo he hecho); fama que aún me acompaña. Aprendí a tomar, poco a poco, paso a paso. Contrario a mis amigos, no me embriagaba con 3 cervezas. De ahí la fama.

Recuerdo que me emocionaba mucho cuando era niño, el día de los cumpleaños de mis padres: la fiesta en la casa, y, haciendo caso al evangelio de las bodas de Caná, con alcohol de por medio. Un ambiente feliz, con muchas risas. La deshinibición y camaradería que propician unos buenos alcoholes; la sinceridad que se puede alcanzar. 

Y sé que para muchos las fiestas y el alcohol son una mala combinación; son causa de pleitos y riñas, de malos recuerdos. Pero en mi familia no ha sido así. O al menos no es motivo de malos recuerdos para mí. No sé para los demás, pero para mí, los cumpleaños de los tíos o de mis abuelos eran días especiales: estar con todos mis primos, días en que mis tíos mostraban una cara más amable, más jovial, totalmente distinta. 

Debo señalar, que no tenemos problemas de alcoholismo en la familia, al menos no entre los que estamos relacionados sanguíneamente. Sí tengo dos que tres tíos alcohólicos, pero son tíos politicos, harina de otro costal.

El próximo domingo es cumpleaños de mi papá. Creo que me sigo emocionando como cuando niño. Sigo esperando algo ansioso que llegue el día, que llegue mi familia, que comience el chacoteo, que se comiencen a servir los vasos y que no se queden vacíos.