jueves, 10 de abril de 2014

Identidades


Cuando estaba a punto de graduarme de la universidad, se realizó un desayuno para los padres de familia. Después de haber asistido, mi madre me comentó, que les hicieron la pregunta abierta: ¿Cuántas cosas cambiaron en sus hijos, en estos años universitarios? Mi madre, algo molesta, me dijo que tenía ganas de reprocharle al director: que su hijo, antes de entrar a estudiar, no tenía el cabello largo, ni era un ateoblasfemo, un fodongo irredento o un malhablado de primera.

Supongo que entre otras cosas, no lo hizo por no quedar avergonzada ante los demás padres: como la madre de semejante espécimen. Qué vergüenza.

Pero bueno, la cosa es que eso soy. Y ya ven que siempre nos dicen que seamos quienes somos.

El chiste es, que en cierto momento de nuestra vida, descubrimos nuestra Identidad. Encontramos las cosas con las que nos identificamos como individuos; independientemente de si esta visión del mundo se asemeja a lo que durante toda nuestra niñez y adolescencia nos impusieron nuestros padres. Dice aquella canción, que nos heredan complejos, iglesia y hasta equipo de futbol, y es cierto. Así que algunos nos tenemos que poner encima el disfraz de oveja negra, al transformar nuestro pensamiento de forma tan diametralmente opuesta. Obviamente, los equivocados somos nosotros.

Aunque debo decir que fuimos afortunados mis hermanos y yo, ya que nos dieron la libertad suficiente para elegir nuestra forma de ser y de pensar. Conozco varios casos, donde los padres deciden cada paso que sus hijos darán, qué estudiarán, si deben cortar su cabello, la ropa que deben usar, la fe que tienen que tener, incluso, con quien se deben casar. Padres que desean vivir dos vidas.