lunes, 7 de octubre de 2013

Apuntes sobre mi padre.


Creo, y esto lo digo únicamente basado en mi experiencia, que cuando te conviertes en padre, intentas hacer eso que tu padre no hizo, probablemente porque no pudo. Me explico. Mi padre y sus hermanos eran 11. Así que nunca tuvo regalo de día de reyes (mi abuelo no podía comprar tantos obsequios). Motivo por el que una de sus principales preocupaciones siempre fue que el Día de reyes, mientras tuvimos esa ilusión, fuera un día especial, con muchos juguetes y pura felicidad. Él no lo pudo vivir, se esmeró en que sus hijos sí lo vivieran.

Por su educación y por otras razones, mi padre no es ni era un hombre muy cariñoso. Un padre que nos abrazara y nos dijera que nos quería, que nos amaba, así sin mas, sólo por decírnoslo. Que en lo que respecta a lo material, nunca nos faltó nada. No teníamos lujos, pero jamás faltó lo necesario. Entonces, yo creo que esta es la razón por la que yo soy así con mi hijo. Es algo que yo no tuve, y quiero que él sí lo tenga: un padre amoroso (a veces empalagoso), que se la pase abrazándolo y diciéndole cuánto lo ama. Que siempre tenga tiempo para él.

También sería justo decir que somos de generaciones diferentes. De visiones paternales muy distintas.

Él mismo decía que los nietos son amansa abuelos. Eso lo oyó de su padre. También le escuché decir que lo lógico era que amaras más a tus nietos que a tus hijos –pero eso fue antes de que se convirtiera en abuelo–, ya que era un hijo de tu hijo, y era lógico hacerlo.

Me da demasiada alegría saber que todo ese cariño que tal vez no nos dio a mí y a mis hermanos se lo da ahora a mi hijo, amor a manos llenas. Además está el plus del tiempo y los recursos económicos que pueden tener los abuelos para dedicar a sus nietos, recursos de los que carecían para sus hijos.

Estos son dos recuerdos lindos con mi padre y mis hermanos, de cuando éramos niños:

Con mi padre viajábamos en autobús, en el camión. Como vivimos en la calle principal del pueblo, el camión pasaba exactamente enfrente de la casa. Cuando nos podíamos sentar todos juntos, para que no nos aburriéramos, mi padre hacía un pequeño juego con los boletitos del camión: doblaba los 4 boletos, de forma que quedaran todos iguales, los revolvía entre sus dos manos y nos daba a elegir, ganaría quien pudiera elegir su boleto. Era un juego demasiado sencillo, pero a mí me gustaba y me entretenía (de más está decir que los celulares no existían). Nunca pude doblar los boletos tan parejito como él lo hacía.

Las veces que iba por nosotros a la escuela, nos preguntaba: -Nos vamos en taxi o nos comemos un helado. No recuerdo alguna vez en que hayamos elegido el taxi, así que cada vez que pasaba por nosotros terminábamos sentados en la banqueta de la heladería, saboreando nuestro helado, los 4 juntos. Otras veces que pasaba a recogernos nos llevaba al Sindicato de electricistas, donde jugaba frontón de dinero, con otros electricistas. Casi nunca nos quedamos a verlo jugar, porque mi hermano y yo siempre hallábamos algo en lo que entretenernos, entre lo que se encontraba jugar al frontón, en alguna pared libre dentro del sindicato.

Cuando ganaba toda la partida nos iba bien a todos (o sea, cuando ganaba dos o hasta tres encuentros seguidos, ya que el perdedor pedía el doble o nada). No sé cuánto es lo que se jugaba por encuentro, pero entonces, nos compraba una caja de Duvalines o de Carlos V, en una dulcería muy grande que estaba en la misma calle del Sindicato. El olor de una dulcería siempre me transporta a ese entonces enorme palacio donde te llenabas los ojos de mil posibilidades y colores y sabores. Además del orgullo de saber que mi padre era un gran jugador.

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