lunes, 23 de septiembre de 2013

Sobre sexo y religión (Recuerdos de un excatólico II)




Yo aprendí de pequeño que el sexo era prohibido. Me dieron a entender que era malo. Incluso no se le podía nombrar, ni a él, ni a nuestras partes corporales involucradas en su realización. Una orgía de eufemismos.

Tenía lógica que al ser algo malo, fuera prohibido a los sacerdotes, quienes habían consagrado su vida a Dios. Recuerdo que en el catecismo nos dijeron que ellos se habían casado con la iglesia, lo que sea que eso significara. Entonces no sabía nada de naturaleza humana y necesidades fisiológicas.

Crecí con el tabú del sexo. Deseado por los hombres, despreciado por las mujeres, a riesgo de ser tachadas de putas, aunque para ellas también había lindos sobrenombres. Hablábamos de él en secreto, a escondidas con los amigos, en una perversa complicidad.

Una vez que tienes sexo la perspectiva es diferente. Aunque todos esos fantasmas siguen rondando fastidiosos. Por fin lo has vivido. Por fin sabes qué se siente. Por fin has sentido un orgasmo, aunque no puedas describirlo. La incógnita sobre si acaso eres eyaculador precoz o un campeón entre las sábanas te da indicios de realidad. Pero aún no sabes nada.

Después de un tiempo puedes saber que el sexo es algo hermoso. Una de las cosas más hermosas que tenemos los seres humanos. Es la forma mediante la cual perpetuamos nuestra especie y podemos ser padres y tener descendencia. Mediante el sexo nacemos, existimos. Es el acto a través del que experimentamos el mayor placer físico (bueno, yo no podría describir el placer que da por ejemplo la heroína, pero recuerdo la descripción que se hace en Trainspoting), un placer compartido además.

Entonces, si el sexo es bello, por qué esa negación, esa condena, esa represión:

El sexo es tan malo, que el “salvador” Jesucristo, no pudo nacer a través de él, a través de un acto impuro y feo, de algo soez. Sí nació de una mujer, pero ella no tuvo sexo. Ella se embarazó a través de un acto mágicocósmico, mismo acto por el que también dio a luz; ya que hay que recordar que es una virgen purísima y castísima (que si lo es, no sé por que tanto andarlo recalcando, hasta me hacen dudar), que nació sin pecado original.

Y así podemos ver, que de ahí viene toda esta negación de nuestra sexualidad, de negarnos en nuestra naturaleza más básica, más elemental: Si Cristo no nació a través del sexo, es porque es malo. Así de simple. Si los benditos sacerdotes no pueden (bueno, ya todos vimos que si pueden) tener relaciones sexuales es por lo mismo. Y entonces parece que los que tenemos relaciones sexuales por el puro placer de tenerlas, y no con el fin único de procrear, somos más que pervertidos. Y ahí hubo un inmenso error de planeación: si el sexo era para procrear, no debió ser tan placentero, debió ser doloroso; así sólo quien de verdad quisiera tener hijos los tendría.

Epílogo:


Hay un anuncio comercial en la televisión, que intenta vender unas pastillas para tratar infecciones vaginales. La voz en off de una mujer, indica a las chicas, y no tan chicas, que no deben sentir vergüenza al pedir el medicamento, ya que no sólo a través del sexo se pueden infectar. Así que nadie deberá pensar que son unas “locas” sexuales que tienen una vida sexual activa y pecadora. Incluso, el eslogan del producto sentencia: “el de las niñas bien”. Las niñas bien no tienen sexo. Eso todos lo sabemos.



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